jueves 4 de febrero de 2010

Luces de carretera - Parte II

Leer parte I

Algo similar, fue lo que Aura experimentó. Y si entiendes esta suma de emociones, estás preparado -en parte- para entender la gran mayoría de sus decisiones. Digo en parte, porque todos hemos sufrido pensamientos delirantes, pero lo de ella… lo de ella fue distinto…


Y a pesar de que sus piernas estaban fatigadas y temblorosas tras el susto del accidente, continuó caminando como si una fuerza la empujara. Sin más luz que la de un penumbroso firmamento y alguna esporádica farola de la carretera.

Las pequeñas y puntiagudas piedrecitas del campo, mezcladas con la gravilla, se entremetían en sus dedos desnudos y la provocaban molestas incisiones. Pero a medida que avanzaba se iba dando cuenta de que su percepción táctil pasaba a un segundo plano, como si se estuviese bajando el volumen de su entorno y ganando notoriedad sus desvaríos mentales. Hasta que finalmente en su cerebro solo convergían una imagen -la de una carretera desconocida e inmersa en un cielo renegrido- y un impulso: el de seguir andando.

Para su desgracia, el aire se humedecía progresivamente por culpa de la niebla, la cual finalmente bloqueó el último órgano que la mantenía atada al mundo real: sus ojos, haciendo imposible divisar un árbol a menos de cinco metros.

No obstante, aún con su visión difuminada, Aura no se detuvo ni un solo momento. Más bien todo lo contrario, ya que el ritmo de sus piernas comenzó a acelerarse vertiginosamente, como si un viento huracanado la empujase por su espalda, culminando en una veloz, aunque poco estable carrera. Un sprint torpe e inseguro, con constantes bandazos y amagos de tropiezos; mas no por ello lento… -Imagina por un instante correr en un lugar que no conoces, con una venda en los ojos, a la máxima velocidad que tu cuerpo te permita. Esa fue su sensación-.

Y mientras ella corría sin rumbo, la niebla, que cada vez se tornaba más cerrada, penetraba en su garganta, la cual estaba abierta de par en par en busca del oxígeno que sus músculos solicitaban. En ese preciso momento, justo cuando su cuerpo se encontraba en el límite del desfallecimiento, un bulto amorfo y estático apareció a escasos metros. Sin embargo, dada su velocidad, la inercia y el adormecimiento de sus sentidos, impactó inevitablemente contra ello, derrumbándolo y cayendo a la carretera en un aparatoso choque.


— ¡Mierda! Creo que me he roto la pierna— Dijo Aura malhumorada.

—Yo no lo creo, déjame ver.



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